La posibilidad de vivir en un mundo diferente.

La esperanza es territorio de los valientes; la violencia, instrumento de los cobardes.

Lydia Cacho

Hablar de la no violencia parece a veces una conversación sin sentido. Y si lo tiene, únicamente es a partir del deseo de que las cosas que vivimos y nos duelen, sean diferentes.

¿Qué es lo que tendría que cambiar?

A esta pregunta puede haber muchas respuestas alternativas, todas dependiendo de nuestra historia de vida y nuestras expectativas sobre ella. Habrá alguien que quiera cambiar la inseguridad que observa en su barrio o comunidad; otras personas querrán tener salarios justos y jefes que no abusen de ellas; otras, querrán mejores servicios de salud y mucho más accesibles cuando no se tienen seguros de vida; y así sucesivamente, todas las personas somos testigos de circunstancias que queremos que mejoren, de las cuales somos conscientes de que si no lo hacen, las cosas irían en un camino de picada.

Pero la cosa se pone difícil cuando nos preguntamos

¿Cómo cambiar aquellas cosas que nos resultan dolorosas? ¿Podemos cambiarlas verdaderamente?

En el espectro de los niveles de violencia hay una variedad de comportamientos que durante mucho tiempo se han normalizado, y que se han instaurado como parte de nuestros aprendizajes sociales significativos.

Resulta que en la actualidad, decir una broma sobre el aspecto físico, acerca del desempeño académico, la forma en cómo habla o se expresa una persona está bastante regulado y es normal. Eso, que es tan común en nuestros discursos cotidianos cuando cotilleamos con nuestros congéneres tiene un nombre, y se llama violencia.

En el espectro de los niveles de violencia (en su parte menos grave) se encuentran las bromas hirientes, y en su forma extrema, provocar la muerte. Sin embargo, la violencia no sólo se presenta en relaciones de pareja, de amistad o en la familia. La violencia ha transmutado a niveles macrosociales como los gobiernos autoritarios, las políticas que avalan la tortura, el racismo, el clasismo, idiosincrasias que intentan derrocar el respeto a la diversidad sexual, garantías individuales y derechos humanos. Instituciones educativas que politizan la libertad del conocimiento, así como la idiosincrasia antropocentrista, en la que se cree que el ser humano es la mejor especie y que por ende, tiene el derecho de “dominar” a las demás especies animales.

La violencia es visible todos los días cuando hay noticias de un homicidio, los indocumentados que mueren a manos de un gobierno, los feminicidios, guerras y transfeminicidios, etc. En todo ello hay un crimen de odio hacia una minoría, un grupo vulnerable.

Los medios de comunicación y las redes sociales nos abarrotan de noticias desastrosas. Algunas “quotes” de vida emitidas por grandes cuentas nos dicen que “un acto dice más que mil palabras”, sin analizar de fondo que también esa palabra (el lenguaje) es un acto y una forma de comportarse que al igual que lo visiblemente físico, puede herirnos y también puede hacernos sentir amados. Por eso, aquella broma hiriente (que parece no ser grave, si no chistosa) es también un acto que puede violentar a la otra persona, sin ser golpeada.

¿Es acaso posible un mundo diferente?

Esa pregunta mal formulada podría decirnos, como algunas religiones lo dicen “esta era es el ocaso del tiempo venidero, el infierno está cerca”. Otras ideas políticas nos dicen que la meritocracia es un factor importante para el éxito, el dinero y la fama. Pero en todas ellas hay algo complejo, y es que como mi pregunta mal formulada, generalizan nuestra existencia o nuestra forma de creer, en una sola idea.

“Todo lo pasa en el mundo es por el pecado”, o “Todos los que tienen éxito son porque fueron inicialmente ricos”.

Ni las quotes, ni los divulgadores o líderes religiosos tendrían qué sentenciar nuestra vida a ser vivida de determinada manera y que el sentido de ella se busca de cierta forma.

Lo que sí tendría que ser hecho debidamente como un acto universal, es el respeto a los Derechos Humanos, y entre ello, entender de manera individual, que nuestros actos lingüísticos tienen consecuencia de la misma forma que un acto físico. Los discursos de odio, también son actos. Decirle a una persona “tú porque eres negra, indígena o inmigrante eres culpable de un robo sólo por ser una minoría” es un acto violento manifestado a través del lenguaje.

La violencia proviene justamente de aquello que nos diferencie del otro y nos hace sentir superiores. Inerme entre ello, la conciencia del ser vulnerable y sin protección.

“La violencia no siempre adopta la forma de un golpe, o podría ser que el golpe no sea más que un instante en la reproducción estructural y social de la violencia. Debemos impedir el golpe, pero debemos impedir también la situación estructural que posibilita ese golpe y que le proporciona una justificación tanto antes como después del hecho”.

Referencias.

Butler, J. (2020). Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy. Editorial Taurus.

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